El miedo en la política y su paradoja

Jhonas Rivera Rondón

 

El miedo precede al mal en la político (una alusión a nuestro libro El mal y la política); el miedo está en una esfera pre-moral de la vida humana. Los animales incluso tienen un conocimiento de lo bueno y lo malo teniendo como indicador el temor. El miedo nos acompaña desde que nacemos. El bebé en su tenue consciencia de inmovilidad necesita del calor humano para preservar su vida, siendo consciente de su impotencia. Nuestros primeros años de vida están llenos de miedo ante la continua incertidumbre[1].  El miedo también envolvió al cazador de hace 15.000 o 10.000 años, en el momento de atacar a la presa que aseguraba su provisión de alimentos[2]. ¿Tenía que prescindir el guerrero del miedo a la muerte?  Es una preocupación presente en las cavilaciones de Aristóteles y Platón[3].  El miedo no ha sido ajeno a la civilización y la historia humana, tampoco a la política.

 

El miedo es constitutivo a la política, tal como señala el teórico político y periodista, Corey Robin[4], el primer sentimiento que registra la Biblia es el miedo; así le respondió Adan a Dios, cuando lo visitó luego de haber comido del fruto del conocimiento del bien y el mal: “Oí tu voz en el huerto, y tuve miedo, porque estaba desnudo; y me escondí.” (Génesis 3: 10). En este relato el miedo toca los linderos de lo propiamente moral. Lo moral también corresponde a lo político, tomando también formas de institucionalidad[5]. De algún modo, el miedo sustancializa nuestras organizaciones políticas.

Con el avance material que implica la civilización, el miedo deja de ser un sentimiento primordial para la educación política. En este sentido, el pensamiento de Thomas Hobbes es más pre-moderno que moderno, ya que incentiva el cultivo moral del miedo en la política. Cuando se sigue recorriendo en la historia del pensamiento político, pasando por autores como Montesquieu, Tocqueville o Hannah Arendt, a pesar de los cambios y particularidades, el miedo no deja de ser un artefacto moral[6].

 

En este punto es posible hablar de un miedo político, miedo que puede ser manipulado o gestionado desde el poder: por un lado el miedo puede servir para crear formas de organización políticas, culturales y pseudo-religiosas; por otro lado, en situaciones de grandes peligros, la gestión del miedo forma parte del hacer política. Es necesario que diferenciemos entre los miedos políticos y los miedos privados. No es lo mismo, la fobia a las arañas o a las alturas, que el temor que despierta un ataque terrorista, un ataque biológico. En el miedo que tiene una mujer hacia su esposo que la maltrata, allí también trasluce un miedo político;  pues detrás de este hecho existe toda una jurisdicción que recrimina y castiga tales actos de violencia doméstica, como producto de demandas históricas que tuvieron éxito[7]. De este modo, el miedo político se inmiscuye en esa esfera de lo privado, pero igualmente encuentra otras formas de hacerlo.

 

El miedo político comprende esos tipos de miedos conscientes e inconscientes, racionales o irracionales; miedos que paralizan o estimulan a la acción[8]; en ciertos momentos resulta imprescindible gestionarlos desde el poder político. Diferentes modos pueden instrumentalizarse en el miedo político. Los proyectos revolucionarios también encuentran sus propios procedimientos. Una manera de utilizar el miedo es definiendo y jerarquizando los objetos de miedos que van a conformar la agenda política, puede que en un momento dado el terrorismo sea el objetivo principal de la seguridad nacional y al otro año, el peligro puede ser una amenaza biológica sin un claro culpable; tal como ocurre con el covid-19.

 

El miedo político puede llegar a definir quién es el enemigo público, si es un agente externo, invita a la unidad como lo exponía Maquiavelo;  si es interno, puede fomentar el conflicto para beneficio de algunos pocos. Esto último termina siendo más pernicioso porque justifica los abusos de la violencia política del Estado hacia los gobernados[9]. Allí precisamente radica la paradoja del miedo político, porque así como puede revitalizar la política al crear la unidad que produce el democratizante peligro común; también puede socavar la política misma al desplegar toda la fuerza del poder. El miedo pasará a convertirse en el principio fundante de un Estado de excepción que destruye cualquier garantía y derecho de los ciudadanos. El miedo desmedido puede dar paso a un gobierno autoritario o una modalidad de poder totalitario.

 

Entonces, así como el miedo puede llegar a sustancializar nuestras instituciones políticas, del miedo también puede despertarse los peores monstruos. El miedo en la política refiere a cómo esta emoción puede ser gestionada, instrumentalizada y manipulada por aquellos actores que desde el poder, bien pueden mejorar el estado de cosas actuales o utilizarlo para perpetuarse en el poder. Lo que vale retener aquí es que el miedo como artefacto moral permite entender la importancia de las emociones en las actividades políticas (y económicas). Entonces, así como tampoco podemos prescindir de esta emoción, el miedo puede dar paso a otras emociones como la ira o el resentimiento para el destruir la política, por ello que concluyamos con las palabras de la filósofa, Martha C. Nussbaum:

 

“Tenemos la mala costumbre de señalar como chivos expiatorios a las personas o grupos impopulares en los momentos de tensión nacional, y de recortar sus derechos por vías que, pasado el tiempo, nos parecen profundamente equivocadas. Eugene Debs fue encarcelado por pronunciar discursos pacifistas en contra de la participación de Estados Unidos en la Primera Guerra Mundial. Años después, muchos estadounidenses de origen japonés, pacíficos y leales a su país, fueron recluidos en campos de internamiento. He ahí un par de casos en los que el miedo no solo no nos impulsó en el sentido de los derechos constitucionales, sino que, de hecho, cercenó derechos que ya estaban reconocidos. Ese mismo clima de miedo impidió que incluso nuestros tribunales de justicia percibieran en aquel momento, que se estaba produciendo tal cercenamiento. Es fácil que el miedo vaya por delante del pensamiento reflexivo. Y es esa estampida, que nos empuja a actuar precipitadamente. Esa clase de miedo socava la fraternidad, envenena la cooperación y nos lleva a hacer cosas de las que nos avergonzamos profundamente más tarde.[10]

 

Referencias

[1] Martha C. Nussbaum, La Monarquía del miedo. Una mirada filosófica a la crisis política actual (Barcelona-España: Paidós, 312d. C.).

[2] Francisco Mora, ¿Es posible una cultura sin miedo? (Madrid: Alianza, 2015).

[3] C. Nussbaum, La Monarquía del miedo. Una mirada filosófica a la crisis política actual.

[4] Corey Robin, Fear; The History of a Political Idea (Nueva York: Oxford University Press, 2004).

[5] Robin.

[6] Robin.

[7] Robin.

[8] Mora, ¿Es posible una cultura sin miedo?

[9] Robin, Fear; The History of a Political Idea.

[10] C. Nussbaum, La Monarquía del miedo. Una mirada filosófica a la crisis política actual. p. 24.

Imagen: Obra » Fear» de Jennings Tofel

No Comments

Sorry, the comment form is closed at this time.