La corrección política y el doble discurso de la tolerancia

Leonardo Osorio Bohórquez

 

En la actualidad en el mundo Occidental,  son cada vez más los movimientos sociales que demandan mayor cantidad de derechos apoyados principalmente  en un discurso que denuncia la discriminación histórica de la cual han sido objeto por otros grupos sociales. Se pide respeto a la diversidad y a esas minorías consideradas como vulnerables, tales como negros, mujeres, miembros de la comunidad que incluyen  las lesbianas, gays, bisexuales y transgéneros conocida como LGBT así como indígenas, entre otros.

 

El discurso y los símbolos se vuelven una expresión de lucha cotidiana, la palabra es usada como un instrumento para la reivindicación social y como expresión de resistencia. De esa forma surge la corrección política o lo políticamente correcto que pretende a través del  lenguaje, evitar ofender a grupos particulares de la sociedad.

 

Es así como en el mundo contemporáneo, figuras públicas de distinta naturaleza: políticos, actores, cantantes, deportistas  e incluso profesores e intelectuales deben cuidar mucho el uso de los términos que emplean para no ser calificados como racistas, machistas, o intolerantes hacia ciertas culturas o movimientos sociales.

 

Aunque aparenta ser razonable, ya que nadie en su sano juicio defendería la discriminación o el uso de palabras que puedan ser ofensivas hacia determinados grupos considerados como vulnerables o históricamente discriminados, detrás de esta corrección política existen varios problemas. Se confunde muchas veces desacuerdos o críticas con intolerancia.

 

Por ello la corrección política viola derechos individuales tan elementales y de larga tradición en el mundo Occidental como lo es la libertad de expresión y de pensamiento. Curiosamente, mismo derecho que les sirvió a estos grupos para denunciar las diferentes formas de discriminación que sufrían en la sociedad, o para defender su derecho a la diversidad cultural o sexual.

 

Aquí vemos una contradicción fundamental, el discurso de la tolerancia, se exige ser tolerante ante la diversidad sexual y la ideología de género por ejemplo, pero todo aquel que expresa su desacuerdo de una vez es calificado de intolerante y promotor del odio. ¿Es sano para una sociedad que no pueda debatirse abiertamente las propuestas o ideas de ciertos grupos sociales?

 

Tras escudarse bajo un manto de superioridad moral por haber sido víctimas de discriminación pasada o presente, no parece existir lugar para la crítica o el debate de ideas, quienes lo intentan son censurados bajo etiquetas que dañan severamente la imagen pública.

 

Ser tildado de racista, homofóbico, machista o misógino son denominaciones que pueden acabar fácilmente con la carrera de cualquier persona. La autocensura es impuesta de esa forma, existe el miedo a expresar ideas contrarias a las de esos grupos discriminados para evitar ser catalogado como un opresor.

 

No hay una forma objetiva de saber cuáles ideas pueden ser consideradas como ofensivas, todo va a depender de la recepción de las llamadas víctimas. Si alguien contradice los planteamientos de la ideología de género y afirma que solo existe biológicamente hablando el hombre y la mujer, indiferentemente de las preferencias o autopercepciones de las personas sobre sí mismas, de una vez es calificado como un intolerante, transfóbico u homofóbico.

 

Igualmente está el problema de la libertad de cultos, para alguien criado dentro de una familia cristiana u otras religiones, solo reconocerá como legitimo la unión de hombre y mujer. Si se pide tolerancia también se debe reconocer el derecho a mantener creencias religiosas personales siempre que eso no implique ataques violentos o violación de derechos. Pero la estigmatización es la norma casi siempre.

 

Ante tales posiciones es casi imposible poder entablar un debate serio, ya que todo desacuerdo será resuelto por medio de un calificativo despectivo. Las falacias del Ad Hominem están a la orden del día, no se discute las ideas, solo se ataca a quien la emite. Es así como el término fascista es cada vez más utilizado sobre todo para denominar a los llamados conservadores o políticos de derechas.

 

Similares problemas  muestra el feminismo, todo el que critique las políticas de cuotas o la petición de privilegios o leyes especiales solo por el hecho de ser mujeres, es calificado como un machista opresor que busca mantener sus propios privilegios dados por una sociedad patriarcal.

 

Si uno cree que los indígenas deben tener los mimos derechos pero también cumplir los mismos deberes que todos los ciudadanos, entonces uno está en contra de la pluralidad cultural. El relativismo sirve solo para pedir respeto a otras formas culturales, pero no se usa para defender los valores positivos de la sociedad occidental como la libertad, la democracia o la igualdad ante la ley.

 

La intolerancia hacia otras culturas es rasgo común de muchas sociedades, incluso de las comunidades indígenas. Se pide respeto a las culturas consideradas oprimidas y se toma toda crítica como intolerancia o racismo, pero por otro lado se cuestiona abiertamente las bases de la sociedad occidental sin ningún complejo.

 

Todo depende de quién exprese las opiniones. Ser blanco, propietario, hombre, heterosexual, y miembro de la cultura occidental prácticamente te inhabilita para hablar sobre la opresión que han sufrido ciertos grupos, o para señalar que la violencia y discriminación históricamente nunca se da en una sola dirección.

 

La superioridad moral que da ser una víctima niega las posibilidades de discutir sus planteamientos. Desde esa lógica, las afirmaciones son meramente emocionales y no hay espacio para la racionalidad a la hora de discutir ideas. Se llega al punto de pretender cambiar el lenguaje.

 

Todo el mundo se quiere sentir identificado, y los complejos producto de sentirse excluido, hace que se proponga el uso de palabras  como “todex” para representar toda la diversidad de género. Quien cuestione los fundamentos lógicos e incluso lingüísticos de tales propuestas inmediatamente es censurado.

 

Llegamos al punto de la hipersensibilidad, al igual que los clásicos discursos políticos populistas, los movimientos sociales apelan a las emociones e incluso sentimientos de culpa de los individuos pertenecientes a grupos denominados como opresores. Lejos de entablar diálogos y puentes dentro de la diversidad, existe cada más un discurso que exacerba los resentimientos e impone un pensamiento único.

 

El progresismo político o la corrección política lejos de promover la tolerancia, amenazan libertades individuales elementales como la libertad de expresión e ideas, y promueven nuevas formas de confrontación y discriminación, dividen a la sociedad en bandos opuestos y no dejan espacio para el debate con tal de imponer sus visiones fundamentadas en una pretendida superioridad moral. Esto puede acabar con los cimientos de la sociedad Occidental basados en el libre pensamiento.

 

Referencias

 

Imagen: https://www.definicionabc.com/derecho/mocion-censura.php

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