Neutralidad Bachelet

Bernardino Herrera León

 

Antes que nada, se debe afirmar que en la ética no existe la neutralidad. Cuando somos testigos de un crimen se nos presentan sólo dos opciones:  Una, hacer lo posible por restablecer la justicia. Dos, abstenernos de hacer algo, ignorar lo ocurrido, seguir de largo. O peor, reconocer y pactar con el criminal. Aunque sea para pedir que deje de cometer más crímenes, a cambio de perdonar delitos anteriores.

 

La primera opción es la correcta, es la decisión ética. La segunda es complicidad criminal. La complicidad no es neutralidad. O se es cómplice por acción o por omisión. No hay términos medios. Lo que se podría llamar neutralidad, si es que eso es posible, es sólo el breve lapso de tiempo que se demore en elegir una de estas dos opciones.

 

Por supuesto que en política es preciso negociar. De eso se trata la política. Pero toda negociación tiene límites. No se puede usar el perdón como moneda de cambio a negociar. Ahora lo llaman amnistías. Ninguna autoridad ni política ni judicial tiene la atribución de canjear vidas humanas a cambio acciones políticas. La única figura legal parecida es el indulto. Pero éste sólo aplica cuando el criminal ha sido juzgado y condenado. Nunca antes.

 

El uso del perdón como moneda de negociación produce más incentivos para el crimen. Negociar con criminales estimula que aparezcan más criminales. ¿Si perdonan a unos por qué no a los otros? Se genera así un ciclo perverso. De allí la tajante doctrina norteamericana de no negociar con terroristas. No tanto por ética, que sin duda lo es, sino porque al hacerlo se abriría una margen de incentivo para otros terroristas. Los recientes casos del acuerdo de paz en Colombia y las negociaciones con ETA son claras evidencias, dado los resultados desastrosos de estas negociaciones inmorales que se disfrazan de política.

 

Toda esta argumentación bien a cuenta para analizar la posición de la señora Michelle Bachelet, Alta Comisionada de las Naciones Unidas para los Derechos Humanos, tras su visita de tres días a Venezuela. Su dramática declaración pública de despedida puede definirse como una muestra maestra de la ambigüedad y de la doble moral.

 

En efecto. La señora Bachelet reconoce que en Venezuela se han cometido y se siguen cometiendo las atrocidades más extremas posibles, en la historia de los derechos humanos. No son crímenes de guerra, como intenta disfrazarlo el régimen chavista. Son atrocidades genocidas, cometidas contra millones de personas, la mayoría población civil, sin arte ni parte en las decisiones políticas ni capacidad para amenazar militarmente al régimen chavista. Algunos son militares que sirvieron al chavismo, que han sido asesinados, secuestrados, violentamente capturados, indebidamente encarcelados y severamente torturados. La persecución represiva llega al extremo de incluir a familiares, amigos y hasta abogados. Algunos de estos crímenes de lesa humanidad los escuchó conmovida la señora Bachelet, en una sesión de horas con familiares de las víctimas.

 

Pero la ambigüedad y doble moral de la declaración de Bachelet consiste en que, al mismo tiempo que reconoce todos estos delitos, hace un llamado para el acuerdo pacífico entre las «partes». Pide que gobierno y oposición depongan ambiciones políticas y alcancen un acuerdo para destrabar la “crisis humanitaria”, concepto usado por los “neutrales” para edulcorar la tragedia humana sin precedentes que es el caso venezolano.

 

El problema con esta doctrina, llamémosla “Neutralidad Bachelet”, es que se fundamenta en el error de considerar que hay dos partes en conflicto. La realidad es que no hay tal conflicto ni partes enfrentadas.  El concepto «partes» aplica cuando dos grupos políticos, generalmente armados, se enfrentan de modo violento. «Partes» implica violencia mutua. Pero este no es el caso en Venezuela. Lo que la “Neutralidad Bachelet” confunde como «partes» es un régimen muy armado y violento, del cual reconoce que ha cometido graves violaciones de derechos humanos, acosando una población civil desarmada, que reconoce como víctima de las atrocidades genocidas que alista en su declaración (torturas, detenciones arbitrarias, asesinatos, hambruna, desamparo). Cuando Bachelet alude «partes» para simular un conflicto intenta justificar su neutralidad y mediación. Y es así como disfraza inmoralmente la extrema situación venezolana. Ni siquiera la ONU ha declarado la condición de refugiados a los venezolanos que huyen por las fronteras, pues no asume que haya un conflicto entre partes armadas.

 

Bachelet se reunió por separado con Maduro, con Arreaza, con Padrino López, con Maikel Moreno y con Diosdado Cabello, reconociéndoles de facto como autoridades legítimas en sus respectivos cargos. Estaba muy consciente que conversaba con los autores de tales crímenes y atrocidades. Estos siniestros personajes ni siquiera disimulan, sino que más bien alardean de sus delitos y de sus ya dilatas fortunas mal habidas. Nada de esto impidió a la expresidenta realizar un tour de legitimación de autoridades del régimen chavista, en contraste con una única reunión que sostuvo con Juan Guaidó, a quien le reconoce nada más como presidente del parlamento.

 

En vez de despilfarrar tiempo a reuniones oficiales, la Relatora de la ONU pudo haber invertido su visita en constatar directamente la situación en los centros de reclusión, cárceles, hospitales, colegios profesionales y otros que, al cabo, son las víctimas en carne viva del odio visceral del régimen chavista contra la sociedad venezolana.

 

Bachelet sabe que los interlocutores gubernamentales son parte activa de esta trama criminal. Es una clara manipulación tratarlos como «parte» y no como causa. Y lejos de dejar claro el fondo de esta tragedia, propone que la solución es una negociación. Supone que basta con que el régimen deje de cometer crímenes voluntariamente. Que liberen a los presos políticos. Que ordenen el cese a la tortura. Que paren las detenciones arbitrarias. Que suspendan los juicios políticos. Que atiendan el abandono de los hospitales. Que atiendan la emergencia alimentaria. En fin, que con la negociación dejen de ser quienes son: un régimen totalitario secuestrador de la institucionalidad, de la democracia, violador de derechos humanos y criminales de lesa humanidad. Bachelet evita así exponer la verdadera solución: exigir que estos siniestros personajes sean desalojados inmediatamente de sus cargos para ser entregados a la justicia internacional penal, donde reposan hace tiempo sus expedientes.

 

La afinidad ideológica de la señora Bachelet le impide revelar que el chavismo carece de piso moral. El chavismo es un importante socio del Foro de Sao Paulo que celebrará su XXV congreso en el próximo mes de julio, justamente en Caracas. Como todas las ideologías, sin excepción, son totalitarias. No entienden de derechos humanos. La dislexia ideológica tuerce la palabra «derechos» como «derechas», que es todo aquello que es preciso o someter o exterminar. Toda ideología es ciega por prejuicios, por amoralidad. Y les va muy bien, hay que repetirlo, someter o exterminar todo lo que esté fuera o que amenace a la ideología.

 

En efecto, el chavismo no se ve a sí mismo como criminal. La represión, los asesinatos selectivos, las torturas y otros repudiables crímenes son un método viable para combatir la oposición. Considera que como régimen tiene derecho a defenderse con cualquier medio legal o ilegal. Y toda acción en ese sentido jamás serán violaciones de derechos humanos. El discurso de las perseguidas ONG les tiene sin cuidado. Éstas entregaron por cierto un extraordinario documento a la señora Bachelet, que bien vale leer y reproducir.

 

Pero a Bachelet le preocupan las sanciones petroleras contra Venezuela, de reciente aplicación por parte del gobierno de los Estados Unidos, que por supuesto no tiene derecho a defenderse del tráfico de drogas ni de la legitimación de capitales. El viernes 21 de junio, Bachelet volvió a mencionar este punto de las sanciones norteamericanas contra el régimen chavista. Se trata de un recurso para victimizar y justificar al régimen chavista, en su argumento de que la tragedia humanitaria que padece Venezuela se debe al “bloqueo” de los Estados Unidos.  Este detalle delata sin lugar a dudas la ambigüedad moral y la falsa neutralidad de la señora Bachelet.

 

Esperemos que los dos emisarios que deja Bachelet en el país no sigan su doctrina. Porque, luego, de marcharse la relatora, la represión, las detenciones ilegales y la persecución han arreciado más. El régimen percibe que se le ha lavado el rostro. Que sigue siendo reconocido por la ONU como el gobierno legítimo de Venezuela.

 

Pero ya está el mundo suficientemente enterado del desastre humanitario y la cruel represión en Venezuela. Lo que se necesita ahora es ponerle fin.

 

Mientras, somos una vergonzosa vitrina, y ya muchos siguen de largo sin reparar en ella. Mientras, seguiremos siendo un país brutalmente desgarrado, arrasado por la corrupción, arruinado por la ideología, gobernado por la delincuencia.

 

Seguiremos siendo vitrina de mal ejemplo. Pero hasta allí. De acuerdo con la doctrina “Neutralidad Bachelet”, no tenemos derecho a pedir más.

 

Foto:  Bloomberg

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